El desenlace del conflicto favorable a los británicos, como es lógico suponer, trajo consigo una serie de consecuencias muy distintas para cada país. ![]() |
Las consecuencias para la Argentina fueron ciertamente mayores. En términos
nacionales, la convocatoria a elecciones trajo de regreso no sólo a la
democracia sino a los viejos partidos. Ello ayudó a redefinir, bajo términos sui
generis, la relación cívico-militar en ese país (si bien se estableció el mando
civil, no se esclarecieron adecuadamente las responsabilidades por los excesos
militares ni los de la subversión). Ese cambio sustancial no ayudó, sin embargo,
a atajar la crisis económica (el presidente Alfonsín debió adelantar en varios
meses la entrega del poder al electo peronista Carlos Menem).
En términos externos, la interacción ente crisis económica, extraordinario
debilitamiento militar y crisis institucional, debilitó al Estado favoreciendo
un cambio de perspectivas geopolíticas que algunos ya habían adelantado (el
relajamiento de la relación de competencia con el Brasil). A ello se añadió el
requerimiento argentino de retomar la prioridad latinoamericana después de la
guerra. El resultado fue la aproximación argentino-brasileña de 1988 que sentó
las bases para la creación del Mercosur.
La relación con el Perú fue menos afortunada. Además del extraordinario
respaldo popular a la Argentina, el gobierno de Belaúnde hizo un esfuerzo mayor
de apoyo a ese Estado y de defensa del ámbito suramericano que no fue
adecuadamente retribuido. Primero el Perú contribuyó diplomáticamente a mediar
entre los beligerantes para evitar la guerra. El esfuerzo fracasó luego de que
la marina británica hundió el crucero Belgrano. Y luego, el Perú, dentro de sus
posibilidades, asistió militarmente a Argentina en los momentos más difíciles de
la guerra mediante la provisión de equipos y recursos técnicos.



No hay comentarios:
Publicar un comentario